• efrenvillaverde

La visión. Capítulo 1: Terrores del pasado.

Actualizado: 22 de abr de 2020


2017


−¿Recuerdas cómo empezaron las pesadillas? ¿Recuerdas cuándo fue la primera vez que soñaste con él?

Tom emitió un leve suspiro. Después tomó aire hasta llenar los pulmones y lo soltó despacio, poco a poco. Debía contenerse, contemporizar cada respuesta.

−Lo recuerdo como si hubiera sido ahora mismo. Lo recuerdo todo, porque el terror que me provocó, me dejó marcado para siempre. Yo tenía entonces nueve años, solo nueve años. Era el año 1983, lo sé porque acababa de nacer Aarón, mi hermano pequeño, mi único hermano. Mis padres habían vuelto del hospital ese mismo día, así que era todo a mi alrededor era alegría y celebración.

La gente no dejaba de entrar y salir de mi casa, parecía que estábamos en un bar. Todos los que llegaban esgrimían enormes sonrisas y saludaban estrechando la mano de mi padre y palmeando su espalda. Por supuesto, como pasa siempre en este tipo de eventos, nadie venía sin un regalo bajo el brazo. Bueno… nadie…, excepto el tío Antón… Pero el tío Antón era así, huraño y tacaño hasta rozar lo ofensivo. Al entrar por la puerta solo levantó la mano derecha para saludar, como si quisiera evitar todo contacto humano no solicitado. Realizó un leve movimiento de cabeza hacía los demás familiares que se encontraban en el salón tomando café, dando así a todos por saludados, y se sentó en un taburete; ni demasiado cerca ni demasiado lejos, sino a la distancia exacta para estar integrado sin tener que inmiscuirse demasiado en las conversaciones que fluían libremente en el salón, convergiendo siempre en el mismo tema: el nacimiento de Aarón. La gente rodeaba la mesita de centro de la salita, donde mis padres habían dispuesto una enorme cafetera italiana y una caja de galletas surtidas Cuétara. Mis favoritas eran las de chocolate, sobre todo unas ovaladas que venían envueltas como si fuera un lacito dispuesto para un regalo. Lo primero que hacía yo siempre que se abría una caja de galletas Cuétara, era coger las dos galletas ovaladas antes de que alguien se me adelantara. Esas dos galletas tenían que ser mías. Nadie podía quitármelas, para eso estaba en mi casa.

Pues eso, que allí estaba sentada la mayor parte de mi familia paterna: el abuelo Antonio, con su falso cigarrillo de plástico siempre en la boca, chupando de él como si fuera un respirador que le daba la vida en cada succión; la abuela María, siempre tan arreglada, con pendientes de perlas en las orejas, el pelo blanco con un leve aire marrón, peinado de lado, y despidiendo olor a laca rancia; y por supuesto la tía Ana. Anita era la más joven de la familia, por aquel entonces tendría unos veinticuatro años, lucía larga melena rubia y despedía un leve aroma a indiferencia. En la pubertad sería mi amor platónico, pasé años locamente enamorado de ella. Mientras mis amigos veneraban a modelos, cantantes y actrices que nunca conocerían, y con las que nunca podrían mantener una conversación, yo había decido idolatrar a un familiar directo, alguien a quien veía casi todos los días y a quien conocía muy bien. Diré en mi descargo que Ana no llevaba la misma sangre que yo, y eso me reconfortaba y me servía de excusa ante la incesante sombra del castigo divino autoimpuesto que siempre sobrevolaba mis pensamientos. Había sido adoptada por mis abuelos cuando tenía solo dos años, así que podría decirse que éramos familia política. La historia de Ana era una de esas historias tristes que se dan de vez en cuando, de las que acostumbran a contar en las películas de Hollywood como si fuese algo que pasa todos los días, pero que en realidad pocas veces ocurre; aunque a veces la realidad supera a la ficción. Mis abuelos eran sus padrinos, Ana era la hija de sus mejores amigos y habían decidido que ellos fueran sus padrinos, como ocurre tantas veces. Y se cumplió lo que nunca debería pasar: Sus padres murieron en un accidente de tráfico cuando viajaban con sus abuelos paternos en el mismo coche. Ella fue la única que sobrevivió al accidente. No hubo ninguna disputa legal, no hubo ninguna traba, nadie más reclamó la custodia de la niña; al fin y al cabo, si alguien había estado siempre cerca de Ana, además de sus padres y de sus abuelos paternos, esos eran mis abuelos.

Así que, en el fondo, creo que yo me disculpaba a mí mismo por estar enamorado de ella. Utilizaba la excusa de que no era sangre de mi sangre, de que era mi tía política, por así decirlo. Esa era la excusa que más me repetía a mí mismo, la que me repetía siempre después de masturbarme pensando en ella: no pasa nada, no es nada raro, al fin y al cabo no es tu tía de verdad, en realidad es solo una amiga de tus padres, nada más. Sí, vale, es mayor que tú; pero el amor no tiene edad, y, además, son solo fantasías, simples fantasías. ¿Y, qué pasa si ella también está enamorada de mí? No, eso no puede ser. Para ella soy solo un crío, un simple crío que todavía no ha terminado el instituto.

Y hasta ahí llegaba el grueso de mi familia por parte de padre. Mis abuelos habían tenido dos hijos varones, y creían que con eso ya era más que suficiente para ellos. Por eso, cuando llegó Ana, no fue por ganas de ampliar la familia, sino por un sentimiento de responsabilidad y compromiso que habían adquirido con ella el día de su nacimiento. Para ellos, Ana era su hija legítima, nunca dieron muestra alguna de que no fuera así. Es más, actualmente era la única hija que se había quedado en casa, así que seguía siendo su niña pequeña; precisamente lo que yo dejaba de ser ese día.

En ese aspecto, para mí, fue un día de sentimientos encontrados. De repente dejaba de ser hijo único, dejaba de ser el ojito derecho de mis padres. La atención, los cuidados, las bromas, las risas; todo pasaba a pertenecerle a Aarón y yo dejaba de ser el niño de la casa. No quiero dar a entender que odiara a mi hermano, nada más lejos de la realidad. La verdad es que lo quería con locura, eso es tan cierto como el hecho de que estamos aquí ahora. Pero una parte de mí lo envidiaba. Sabía que llegaba para quedarse con todo lo que representa ser niño, y que, a partir de ahora, a mí me tocaba crecer. Pero yo no quería crecer. Todavía no estaba preparado. Era demasiado pronto.

El día pasó mucho más rápido de lo habitual; o al menos esa fue la impresión que me dio a mí, aunque eso es una percepción personal. La gente hablaba animadamente, contaban anécdotas de la infancia, soltaban chistes sobre bebés, bebían café y, sobre todo, reían sin parar. La abuela no dejaba de contar anécdotas sobre mi padre y mis tíos cuando eran pequeños: que si Jose esto… que si Anita lo otro… que si aquel día Antón hizo aquello… que si Jose a los dos años hacía lo otro… Todos eran felices. Todos reían complacidos. Todos… excepto Antón, que permanecía callado, sentado en el taburete, con aire de indiferencia; no parecía encontrarse en el mismo planeta que los demás, estaba en su propio mundo. A veces pienso que me parezco más a él que a mis propios padres. Al fin y al cabo es mi tío, y no puedo negar que he heredado muchas cosas de él.

−Centrémonos en las pesadillas. Vuelve a contarme ese sueño primigenio con el que empezó todo.

−Fue esa misma noche, cuando todos se habían marchado. La tarde se alargó más de lo habitual. Al día siguiente no había colegio; así que supongo que debía ser viernes, o quizá fuera sábado. Mis padres estaban muy cansados, lo cual era totalmente lógico. Llevaban toda la tarde trabajando para los invitados, pero mi hermano no dejaba de llorar en ningún momento. No podían parar quietos. Recuerdo que hacía calor, mucho calor. Empezaba el verano y estábamos pasando una ola de calor como no habíamos visto en años. La verdad es que no recuerdo otra ola de calor como esa; ni antes, ni después. Era un calor sofocante, y nosotros no estábamos acostumbrados a temperaturas tan elevadas. Lo cierto es que nadie en la ciudad lo estaba.

Recuerdo que yo fui el primero en irme a la cama, y debí quedarme dormido casi al instante, porque estaba muy cansado. También recuerdo que me levanté de madrugada, no sé qué hora sería, pero me levante porque tenía sed y tenía ganas de mear. Lo primero que hice fue ir a la cocina a beber un vaso de agua. Tenía la estúpida idea de que debía beber antes de ir a mear, ya que así mearía lo que había bebido. Son cosas de niños. Cosas que te dicen de pequeño, que te cuentan en el colegio, o que escuchas en algún sitio, y te las crees a pies juntillas.

Después de haber cumplido el ritual de beber y mear, cuando ya me disponía a meterme de nuevo en la cama, sonó el timbre: ≪ding… dong, ding… dong≫. Lo normal sería preguntarse quién llama a esas horas intempestivas, pero en un sueño las cosas pasan una detrás de otra, sin que medie relación alguna entre ellas y sin que resulte extraño. Y yo estaba convencido de que era un sueño.

Así que ahí estaba yo, en el medio del pasillo, con el timbre sonando, medio dormido, o medio despierto, y sin que me resultase mínimamente extraño lo que estaba pasando. Me dirigí a la puerta y me quedé parado delante durante unos instantes, como esperando a que pasara algo. Me encontraba ante una puerta normal y corriente: de madera maciza, color miel, con vetas horizontales y seis cuadrados enmarcados a modo de decoración. El timbre volvió a sonar, ahora con más insistencia, con más fuerza: ≪dinnnnnng… dong, dinnnnnng… dong, dinnnnnng… dong, dinnnnnng… dong≫. Aunque debería resultarme extraño abrir la puerta a esas horas de la noche, sin preguntar siquiera quién era, me dispuse a abrir la puerta. Giré la llave dos veces, descorriendo el cerrojo, y, al tercer giro, la puerta se abrió poco a poco, emitiendo un suave chirrido hipnótico.

Y fue entonces cuando lo vi por primera vez. Era una especie de alienígena, no sabría definirlo de otra manera. Debía medir al menos dos metros de altura, aunque la percepción de un niño en relación a la estatura no es muy fiable, estaba completamente desnudo y su piel era pálida como la de un albino. Me miraba con sus grandes ojos negros, profundos e inertes. Su cabeza era más grande de lo normal, tenía la parte superior de la cabeza más ancha que la parte inferior, con un estrecho mentón terminado en punta. Me miraba fijamente a través de sus dos profundos ojos negros en forma de almendra. Esos ojos eran todo pupila, y no parpadeaba; aunque incluso es posible que no tuviera parpados. No recuerdo que tuviera parpados.

Entonces levantó la mano derecha hacia mí, despacio; y fue ahí cuando me percaté de que tenía algo agarrado, algo que pendía en perfecta armonía desde su mano, como si fuera una extensión de la misma. Sus largos dedos quedaban ocultos entre unos cabellos negros que, a simple vista, parecían hilos que se enredaban a su alrededor como tentáculos inertes, entremezclándose con la sangre que goteaba sobre las palabras ≪WELCOME HOME≫ que coronaban el felpudo. Un poco más abajo, colgando de esa maraña de pelo y sangre, pendía una cabeza humana que se balanceaba suavemente hacia adelante y hacia atrás en un movimiento hipnótico. Estaba mirando hacia el otro lado, por lo que no podía verle la cara, pero era una imagen dantesca. En su vaivén hipnótico comenzó a girar, despacio, poco a poco, hasta que la cara quedó perfectamente orientada hacia mí. Era una cara que reconocí al instante, aunque se encontraba llena de cuajarones de sangre reseca y coagulada, y regueros de sangre de un rojo escarlata discurrían a lo largo de sus mejillas y goteaban sobre el suelo y sobre el felpudo.

La cabeza que pendía de la mano de ese ser nauseabundo era la de mi propio padre. Era la jodida cabeza de mi padre balanceándose ante mis ojos con aire burlón. Tenía los ojos muy abiertos, mirándome fijamente; era como si pidiera ayuda. Retrocedí despacio, intentando huir de esa horripilante visión, intentando quitármela de la cabeza. Entonces la puerta se cerró de golpe… y yo me desperté.

Estaba de pie, petrificado, frente a la puerta cerrada con dos vueltas de llave y una cadena de seguridad. Las gotas de sudor recorrían mi frente en un fluir incesante, cayendo al suelo como si fuera un grifo mal cerrado, reproduciendo el sonido constante de esa gota que cae sobre la pileta y martillea una y otra vez: ≪plic… plic… plic… plic…≫. Estaba temblando de arriba abajo, y un escalofrío me recorría desde los pies hasta la cabeza y volvía a bajar de nuevo hasta los pies; una vez, y otra vez, y otra vez. Sentía una reconfortante sensación de calor y humedad en la entrepierna. Miré hacía abajo y me di cuenta de que me había meado en los pantalones.

Lo siguiente que recuerdo es despertarme en mi cama, empapado. Tenía el pijama mojado y las sabanas estaban empapadas en sudor y orina. Me levanté, temblando de miedo, y atravesé la habitación para dirigirme a la puerta de entrada. Estaba cerrada con llave, como siempre, pero todavía podía percibir el olor acre de la sangre flotando en el ambiente.

Todavía puedo percibir ese olor cuando me despierto por la noche, empapado en sudor, con esa pesadilla recurrente siempre presente en mi mente; esa pesadilla que no me abandona... por más que pasen los años.

Y… ¿sabes qué es lo peor de todo esto…? Lo peor de todo es que nunca me ha parecido un sueño.

−Muy bien… Estamos progresando mucho. Contarlo todo ya es un buen síntoma. El próximo día seguiremos donde lo dejamos hoy, profundizaremos más en esos sentimientos. Pero por hoy ya ha sido suficiente. Nos vemos mañana, ahora descansa.

−Mañana está bien.


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